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Trabajo infantil y derecho a una educación

24.11.2001 - Sylvain Coiplet

Según datos de la ONU, por lo menos cien millones de niños no reciben ningún tipo de educación primaria. Casi dos terceras partes de este desfavorecido grupo son muchachas. Esto ha sido nuevamente puesto hoy en evidencia por la comisara de derechos humanos de las Naciones Unidas Mary Robinson, y casi con absoluta seguridad las cifras han sido infravaloradas. Con ello recuerda a la comunidad internacional una resolución de Naciones Unidas aprobada el pasado año. Según dicha resolución, políticos de todo el mundo se comprometen a garantizar una educación básica a todos los niños del planeta. Desde entonces la situación no ha hecho más que empeorarse.

El compromiso político existe en parte ya desde hace tiempo. En la India, por ejemplo, el derecho a una educación primaria figura desde hace mucho tiempo en la constitución. Puesto que este derecho hasta hoy en día consta sólo sobre papel, las asociaciones ciudadanas, como por ejemplo CACL, tienen que movilizarse para su cumplimiento. Entre 50 y 70 millones de niños indios entre 6 y 14 años no van a la escuela – cifra que corresponde más o menos con el censo infantil de niños trabajando. Oficialmente son sólo alrededor de 10 millones, pero esta cifra refleja únicamente los niños con contrato laboral. De ahí que el problema sea frecuentemente subestimado. Por el contrario, para la asociación CACL solucionar abiertamente esta situación es una prioridad.

CACL no sólo tropieza por ello con los políticos, sino también con la oposición de la populación. Los políticos no se cansan de repetir, que primeramente la pobreza debe ser erradicada. Sólo así el problema del trabajo infantil – y con ello la no escolarización – se arreglaría. Y los padres, que a pesar de la colaboración de sus hijos permanecen en el umbral de pobreza, no ven como pueden sobrevivir, si faltase también el ingreso de los niños.

De todo ello resulta fácil deducir que el trabajo infantil contribuye por si mismo a la pobreza del futuro. Quién nada haya aprendido difícilmente podrá ser rescatado de la pobreza. Y lo que es más importante: el crecimiento económico no conduce automáticamente a la erradicación del trabajo infantil. Precisamente la floreciente industria textil india contrata desmesuradamente fuerza laboral infantil. La política de desarrollo cae pues sencillamente en lo supersticioso. Espera que el milagro económico abole el trabajo infantil, siendo precisamente aquél el principal promotor. Por una vez, al bienestar del país no le repercutirá negativamente: en India hay más desempleados que trabajo infantil. Solamente la transición tiene que ser examinada en profundidad. La mayor parte de las familias pobres no pueden permitirse el lujo, ni siquiera unos cuantos meses, de pasar sin ningún tipo de ingreso adicional. Prohibir el trabajo infantil abandonando a su suerte a las familias afectadas conduce a la catástrofe y encuentra – como en su momento en Latinoamérica – la resistencia infantil.

Los miembros de Manthoc, un movimiento laboral infantil peruano, apuestan por el derecho de los niños al trabajo. El gobierno prohibió sencillamente – como en otros muchos estados latinoamericanos – el trabajo infantil y creyó con ello que lo lograría. Los niños se encuentran en la ilegalidad si bien sus patrones pueden actuar como les venga en gana. Si los niños son atrapados por la policía durante la venta, las mercancías quedan confiscadas. Quien llegados a este punto no sepa como actuar tan sólo necesita observar por si mismo a los niños Manthoc. Han desarrollado entre ellos semejante solidaridad que en caso de necesidad pueden contar con la ayuda de los demás. Cuando a uno de los niños le son confiscadas las mercancías por la policía, y no teniendo el dinero para comprar unas nuevas, el grupo le da el dinero para comprar nuevamente. Si toda la economía estuviese constituida a partir de semejantes redes no sería ningún problema enderezar las consecuencias económicas de una ley que pretende acabar con el trabajo infantil.

Manthoc es al mismo tiempo desde otro punto de vista ejemplar. La mano de obra infantil encuentra la enseñanza pública aburrida y alejada de la realidad. Por ello han fundado sus propias escuelas donde aprenden cosas de utilidad práctica para la vida de cada día, constatando en su tiempo libre haber aprendido. No se atienen a los convencionales 45 minutos lectivos. En estas escuelas tampoco tienen notas. Es la vida cada día quien las da. Esto hace a los niños más conscientes y más exigentes para con el profesor. La edad de escolarización – como nosotros tenemos – es con razón rechazada. Si no la hubiese, y si no obstante un derecho a la educación, las escuelas estatales habrían sido hace tiempo desbancadas por escuelas de libre enseñanza. Estas escuelas habrían hecho sencillamente prueba de que la asistencia compensa.

La mano de obra infantil en Guatemala aprecia únicamente las escuelas no estatales, que ha diferencia de las escuelas oficiales, saben estimar la cultura india. No sólo la pobreza material nos empuja al fracaso sino también – especialmente entre minorías culturales, que frecuentemente figuran entre las más pobres – la pobreza espiritual y la estrechez de nuestras escuelas. De todo ello se debería recordar a nuestros políticos. El derecho a la educación pasa por otra economía así como también por otras escuelas.

Traductor: Luis Valle


Auf Deutsch: Kinderarbeit und Recht auf Bildung
Auf Niederländisch: Kinderarbeid en het recht op onderwijs
Auf Spanisch: Trabajo infantil y derecho a una educación
Auf Portuguesisch: Trabalho infantil e direito a uma educação


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